Hace algún tiempo decía una mujer tuve un problema con mi amiga Flor. Su esposo la había abandonado dos semanas antes, y ella lucía terrible. Sus ojos estaban enrojecidos y sus manos temblando. Lo que debí haber hecho, como amiga, era levantarle el ánimo y darle un abrazo, o llevarla a la cafetería más cercana para ofrecerle un café y un poco de compañía.
En lugar de eso, comentaba esta mujer, me ofusque y le pregunté que si estaba bien, en un tono que claramente exigía una respuesta positiva. Cuando me dijo que estaba bien, con una voz vacilante, yo acogí esa pequeña y valiente mentira con una aceptación que no sólo era inapropiada sino cruel. Termino contando que después de una breve charla sobre el estado del tiempo, se despidió con un jovial adiós, y se fue, dejando a su amiga allí abrazando su dolor.

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